jueves, 18 de mayo de 2017

La muerte y...

La muerte y…



            Se atribuye a Benjamin Franklin (aunque parece que antes la realizó Daniel Defoe) la afirmación de que solo hay dos cosas ciertas en la vida: la muerte, y los impuestos. Incluso podríamos añadir que la única que conocemos por experiencia propia es la segunda. Pagar impuestos es ineludible, pues basta comprar, vender,  tener una nómina, tener un coche, echar gasolina, desde luego morirse, y casi casi respirar, para tener que hacerlo; aunque, por lo que estamos conociendo, algunos han eludido parte importante de sus obligaciones en la materia. De todos modos, aunque la tentación de desmoralizarse es grande, no seré yo quien incite a no cumplir con nuestro principal deber constitucional. Pero no solo es importante que todos estemos concienciados de la importancia de su cumplimiento, sino también que haya leyes que garanticen la respuesta adecuada para los defraudadores. Otra cita de Franklin nos dice: “Leyes demasiado suaves nunca se obedecen; demasiado severas, nunca se ejecutan”. Y algo más recientemente, C. S. Nino destacaba en “Un país al margen de la ley” la incidencia positiva que la conciencia sobre el cumplimiento de la ley de forma voluntaria y generalizada tiene en el desarrollo de los países. Pero todo esto no es óbice para destacar que, también con demasiada frecuencia, la voracidad recaudadora del Estado, tanto en las leyes como en la aplicación que les dan las autoridades tributarias, no encuentra límites. Y, lo que es peor, a veces no parece seguir parámetros demasiado justos, coherentes, o lógicos.


            Convendría no olvidar que el artículo 31 de la Constitución española, además de establecer el deber de contribuir a los gatos públicos, constitucionaliza los principios del sistema tributario, que son: universalidad, justicia, capacidad económica, igualdad, progresividad, y no confiscatoriedad. Pero demasiadas veces nos encontramos con situaciones casi surrealistas, en la norma y en su aplicación. Por poner algún ejemplo, he comprobado en varias ocasiones que las autoridades aduaneras pretendían hacer pagar el impuesto de aduanas por tesis doctorales o trabajos fin de máster que se remitían a los miembros del tribunal, con un valor económico cero. En otras ocasiones tributamos por rentas o beneficios estimados, supuestos o ficticios, como por cualquier vivienda de propiedad no arrendada. Uno de los extremos más surrealistas se daba en el impuesto sobre el incremento del valor de los terrenos de naturaleza urbana (coloquialmente denominado “plusvalía”), que había que pagar aun en los casos en los que, en lugar de un incremento, en el momento de la transmisión se pusiera de manifiesto una disminución de ese valor. Comprensiblemente, el Tribunal Constitucional, que ya había declarado la inconstitucionalidad de esa situación en la norma de Guipúzcoa, ahora lo ha señalado respecto a la normativa estatal. La sentencia es trascendente, ya que aunque solo declara la inconstitucionalidad en tales situaciones, obligará a una reforma de todo el impuesto, en la que según creo ya se trabajaba. Pues incluso en casos de incremento, no parece que deba tributarse igual cuando este ha sido insignificante, que cuando ha sido muy notorio. Es una más de las sentencias que ha puesto de relieve incomprensibles irregularidades en nuestra normativa tributaria, y seguramente queda más de una. Porque, en efecto, sabemos que moriremos y que pagaremos impuestos. Pero igual que reclamamos (en lo posible) una muerte digna, al menos podemos exigir unos impuestos justos.

(Fuente de la imagen: https://www.enriquedans.com/2016/04/la-muerte-y-los-impuestos.html)

jueves, 11 de mayo de 2017

Los del Atleti

Los del Atleti


        
    Lo primero de todo: sabemos que, antes de todo y por encima de todo, el fútbol es un juego y un deporte. Nada más… y nada menos. Se puede ganar y se puede perder. Pero ambas cosas hay que saber hacerlas con “espíritu deportivo”. Siempre respetamos al rival, pero nunca lo tememos. Damos la enhorabuena al que gana, aunque sea nuestro “eterno rival”. No despreciamos a nadie. Pero además de todo eso, nos sabemos diferentes. Ni mejores, ni peores, pero de algún modo especiales. No en todos los estadios, los aficionados del equipo local permanecen tras su eliminación para aplaudir y jalear a sus jugadores. Tampoco siempre se ve que, tras perder una final de la Copa del Rey, 50.000 aficionados permanezcan en el estadio animando más que los ganadores (como sucedió hace unos años en el Camp Nou frente al Sevilla). Ni que una la afición apoye a un equipo grande todos los fines de semana durante dos largas temporadas en segunda división. Algunos se apresuran a interpretar esto como una señal de falta de exigencia, frente a otras aficiones que abandonan o increpan a su equipo en la derrota, porque no aceptan otra cosa que la victoria. Yo creo que algunos tampoco entienden esto: mientras otros exigen siempre resultados, los atléticos exigimos entrega, “coraje y corazón”, y cuando esto se cumple, lo reconocemos aunque el objetivo no se haya logrado.


            Realmente no somos una secta. Somos un colectivo de personas muy diferentes, heterogéneo desde casi todos los puntos de vista. Pero sentimos que tenemos algo en común. No es un simple sentimiento, más o menos aleatorio o vacío. Es una manera de entender muchos aspectos de la vida. Sabemos que “si se cree, y se trabaja, se puede”. Sabemos también que lo que parece imposible se puede conseguir en ocasiones. Que la fe, la voluntad y el esfuerzo a veces pueden tanto o más que el dinero y los medios materiales. Solo eso explica que, desde hace ya algunos años, nuestro equipo esté deportivamente muy por encima de sus posibilidades económicas, derrotando o eliminando a equipos con mucho mayor potencial, incluyendo a todos los más grandes equipos europeos. Pero también sabemos que a veces, en la vida, se hace todo lo que se puede, se da todo, y sin embargo no se consigue el objetivo. Sabemos que pueden influir la suerte y muchos otros factores. A fin de cuentas, hablamos solo de un deporte y de un juego. Pero sobre todo sabemos que de las derrotas también se aprende, incluso más que de las victorias. Hemos aprendido a levantarnos siempre tras una caída, y a conseguir que, en nuestro estado de ánimo y nuestra moral, las derrotas dejen pronto de influir, mientras que recordamos los éxitos próximos o remotos con todo lujo de detalles. Y aunque nos llamen “sufridores”, está claro que no nos gusta perder ni sufrir. Pero sí nos gusta mejorar, y en ese continuo deseo de crecimiento probablemente influyen más las derrotas que las victorias. Los que creen que lo ganan todo y siempre lo van a ganar, dejan poco espacio a la capacidad de mejorar.  Yo no sé si todos los aficionados del Atlético sienten hoy esto, pero yo sí siento que todo esto, y mucho más, es lo que significa “ser del Atleti”. Y creo que esto encierra valores que se pueden defender con orgullo y transmitir a las nuevas generaciones. Para que cuando vean a la afición apoyando y jaleando al equipo tras su caída, lo entiendan de inmediato. 

sábado, 6 de mayo de 2017

¿Derechos de los animales?

¿Derechos de los animales?




            Los ordenamientos jurídicos han reconocido siempre dos categorías: la de sujeto y la de objeto del propio derecho. El primero es la parte activa de cualquier relación jurídica; el segundo, la parte pasiva. A grandes rasgos, estaríamos hablando de “personas” y “cosas”, respectivamente. En esta categórica bipartición, los animales han pertenecido siempre a la segunda categoría, siendo, por tanto, susceptibles de apropiación y tráfico jurídico como cualquier otro objeto. Sin embargo, en las últimas décadas se ha ido abriendo camino la idea de que los animales no pueden ser mero objeto del derecho y, en su condición de seres vivos, merecen una protección especial y diferente a la que derivaría de esa mera consideración. Incluso se ha llegado a defender, en términos filosóficos y jurídicos, la posibilidad de que existan “derechos de los animales”. No puedo, en este breve espacio, profundizar en los motivos por los cuales me parece que esta configuración es insostenible. Muy sintéticamente, cabe señalar que si, cuando hablamos de derechos, nos referimos a “derechos humanos”, sería una contradicción lógica y semántica hablar de “derechos humanos de los animales”. Quien defienda los derechos de los animales, tendrá que negar que el fundamento último de los derechos es la dignidad, entendida como “dignidad de la persona” o “dignidad humana”. Algunos dicen que esa misma idea de la dignidad como núcleo de todo el sistema jurídico es propia de nuestra cultura occidental y ajena a otras, pero, aunque así fuera, permanece la idea de que hoy es aceptada en todo el mundo como base de cualquier proclamación de derechos.



           
 Por lo demás, para proteger jurídicamente a los animales en las más variadas situaciones (y, en especial, protegerlos de la crueldad humana, que por desgracia padecen de forma injustificada en demasiadas ocasiones) no es necesario en modo alguno defender que tienen derechos. Pero sí conviene romper su total equiparación con los objetos de derecho, que deriva, con algunas especialidades, del concepto de “semoviente”, tal y como se regula en nuestro Código Civil y en muchos otros. Para empezar, cualquier objeto valioso (desde el medio ambiente al patrimonio histórico-artístico, por ejemplo) es susceptible de protección por el ordenamiento. Para seguir, hace tiempo que se viene apreciando la necesidad de un “tertium genus” entre el concepto de sujeto y el de objeto del derecho. Las fronteras de lo humano son cada vez más difusas. Pero es que incluso en el ámbito inequívocamente humano, no toda protección implica la consideración de persona como titular de derechos (pensemos, por ejemplo, en el “nasciturus”, que no es persona, pero tampoco cosa). En cuanto a los animales, aunque no se pueda predicar de ellos la dignidad ni la vida como derechos (las consecuencias de tal proclamación serían en muchos casos absurdas), tampoco pueden ser un mero objeto o “cosa”. Por eso, no me parece inadecuada la consideración que se deriva de la reciente aprobación unánime por el Congreso de los Diputados de una proposición no de ley en la materia, que se refiere a los animales como “seres vivos dotados de sensibilidad”, y propone una serie de reformas legales coherentes con esta idea. Parece razonable que los animales se consideren (al menos en algunos casos) inembargables e indivisibles. Ya ha habido casos en los que se les ha reconocido un régimen de visitas tras un divorcio. Más dudoso es que se pretenda considerarlos intransferibles a título oneroso o gratuito, es decir, que no se puedan comprar ni donar. Habrá que desarrollar esta proposición con tiento y buen criterio.