jueves, 22 de junio de 2017

Sobre naciones y nacionalidades

Sobre naciones y nacionalidades


            En menos de una semana, el candidato a presidente en la frustrada moción de censura, y uno de los principales documentos programáticos aprobado en el congreso del principal partido de la oposición, han coincidido en plantear España como “Estado plurinacional”. Pero lo más llamativo es que en ambos casos se ha invocado el artículo 2 como fundamento o base de esta idea (aunque se asuma la necesidad de reforma constitucional o “proceso constituyente”, según el caso). Desde luego, la palabra nación ha tenido diversos sentidos en la historia, en el pensamiento político y filosófico. Y, por supuesto, estamos (afortunadamente) en un Estado democrático, en el que todo se puede defender, expresar y proponer, incluido aquello que sea contrario a la Constitución, siempre que, en este último caso, se proponga al tiempo la reforma de esta. Pero no voy a entrar ahora en estas cuestiones. Me voy a centrar en el concepto jurídico-constitucional, y en particular en lo que se deriva de ese artículo 2. Porque sugerir que este sirve para justificar, o siquiera que “apunta” a un Estado plurinacional, es tergiversar su texto más allá de lo admisible.


En primer lugar, porque todas las veces que la Constitución utiliza la palabra “Nación” (en el Preámbulo y en el propio artículo 2) lo hace refiriéndose inequívocamente a España. En segundo lugar, porque si bien el artículo 2 introduce el término “nacionalidades” al lado de las “regiones”, y sin duda su interpretación y significado ha generado numerosos debates y entendimientos diferentes, al menos hasta ahora ha habido consenso total en entender que, sea lo que sea una “nacionalidad” (y no pocos estatutos de autonomía han utilizado el término para definir a su comunidad) por la propia dicción del artículo 2 este concepto tiene que ser algo diferente al de “nación”, ya que las “nacionalidades y regiones” son las que “integran” la “Nación española”. Y, por si hubiera dudas, este mismo precepto recalca que la Constitución se fundamenta en la “indisoluble unidad” de esta (única constitucionalmente existente), y que esta es la “patria común e indivisible de todos los españoles”. Pero además, en tercer lugar, el Tribunal Constitucional ha sido explícito al señalar que, si bien pueden defenderse otros conceptos de nación desde la perspectiva cultural o social, constitucionalmente solo hay una nación, y esa es España. Así que afirmar que el artículo que proclama solemnemente la unidad de la nación española sería la base o el punto de partida para reconocer la plurinacionalidad de España es retorcer lo que nos dice el lenguaje y cualquier interpretación razonable de este, y especialmente retorcer el entendimiento que inequívocamente ha hecho quien es, legalmente, el supremo intérprete de la Constitución. Se puede defender (y yo estoy a favor de) la interpretación evolutiva, pero no cabe justificar lo que sería un claro quebrantamiento constitucional, y menos enmascararlo con ese tipo de menciones a que un artículo supuestamente “apuntaría” a lo contrario de lo que dice. Si se quiere un Estado plurinacional, hay que reformar la Constitución por la vía del artículo 168 (sin inventarse procesos constituyentes que no sean exactamente ese). Y por último, nada de esto tiene que ver con un modelo federal, igualmente defendible, que igualmente necesitaría una reforma constitucional, pero que no presupone en absoluto la plurinacionalidad: baste pensar que en Estados Unidos, México o Alemania el término nación alude precisamente al conjunto y no a los estados miembros.      

(Fuente de la imagen: https://es.wikipedia.org/wiki/Nación_española)

martes, 13 de junio de 2017

Cuarenta años de democracia

Cuarenta años de democracia



            Los que vivimos la transición en nuestra infancia y adolescencia, y luego nos hemos pasado toda la vida recordándola casi en cada aniversario, podríamos llegar a estar un poco hartos de hablar siempre de ello. Incluso un poco más quienes tenemos que explicarlo cada año en clase. Así que tendría motivos para dejar pasar este aniversario de las primeras elecciones democráticas, celebradas el 15 de junio de 1977. Pero tengo más para recordarlas. En primer lugar, cuarenta años no es cualquier cifra. En concreto, para España, supone probablemente el mayor período ininterrumpido de democracia de nuestra historia contemporánea (y, por tanto, de nuestra historia sin más). Podríamos discutir esto hablando de la superior vigencia de la Constitución de 1876, incluso si acortamos este período hasta 1923, ya que después de esta fecha, aun cuando no fue derogada, no puede considerarse que fuera aplicada. Pero verdaderamente las  limitaciones en la aplicación de ese texto constitucional (ya de por sí muy moderado y conservador, aun cuando básicamente democrático) hacen que sea difícil adoptar esa época de turnismo y caciques como referencia plenamente democrática. En cualquier caso, desde las elecciones de 1977 sí hemos vivido, con todos los problemas que se quieran apuntar, una época de democracia equiparable a las más avanzadas del mundo. Motivo suficiente para pararse un momento a recordar y poner en valor este hito.


            Pero hay, además, otro motivo que justifica especialmente este recuerdo. Algunos parecen empeñados en cuestionar el valor de nuestra transición política, y con él el de nuestra actual democracia; y los más jóvenes, que no vivieron el momento, pueden llegar a asumir ese enfoque erróneo. Es cierto que, formalmente, hubo una continuidad no interrumpida entre el ordenamiento jurídico franquista y el actual, y entre las siete leyes fundamentales y nuestra Constitución. Ello se consiguió gracias a la citada Ley para la Reforma Política de 1976, formalmente la “octava ley fundamental”, pero que materialmente supuso la ruptura con el régimen anterior, al reconocer los derechos fundamentales y sentar las bases de un régimen democrático, en especial estableciendo los parámetros para llevar a cabo unas elecciones democráticas en un contexto de pluralismo político, que fueron precisamente las que se celebraron en junio de 1977, dando paso a unas Cortes materialmente constituyentes. Aquella continuidad formal fue la garantía de una transición pacífica, y en modo alguno ha supuesto ningún hándicap, lastre o cortapisa en nuestra democracia. Más bien al contrario, esta ha sido ejemplo internacional, precisamente por esa transición sin ruptura formal (aunque sí, obviamente, material, pues se pasó de la dictadura a la democracia). Ello permitió además la reconciliación entre todos los españoles, en lugar de un ajuste de cuentas que hubiera sido mucho peor. Como digo, algunas voces intentan convertir eso, que fue una importante virtud, en un defecto o problema que supuestamente viciaría lo que ha venido después. Por eso conviene recordar lo que sucedió. Y lo que sucedió en junio de 1977 fue que los españoles eligieron con libertad entre las muy diversas opciones políticas que concurrieron a las elecciones, y aunque durante décadas eso no se había podido hacer, lo hicieron dando un ejemplo de madurez y normalidad, que se ha mantenido en elecciones posteriores hasta la actualidad. Y que permitió que la mejor Constitución de nuestra historia, que es la vigente, no fuese “de partido”, sino la de todos. Esa es la realidad.

(Fuente de la imagen: https://ignaciotrillo.wordpress.com/2015/12/24/27335/)

miércoles, 7 de junio de 2017

Passengers

Passengers


            Decía Paul Auguez que “amor es el intercambio de dos fantasías y el contacto de dos egoísmos”. Y ya el Génesis nos cuenta que Dios pensó que “no es bueno que el hombre esté solo”, lo cual, no sé si en mayor, menor o igual medida, parece aplicable a la mujer. Lo que es seguro es que el amor es el único remedio realmente eficaz frente a la soledad. Estas y muchas otras ideas me han venido a la mente al ver la película “Passengers”, que hace algunos meses pasó por las salas de cine, y ahora es accesible en otras plataformas y soportes. Dirigida por Morten Tyldum y protagonizada por Chris Pratt y Jennifer Lawrence, es difícil de clasificar en un género determinado. No sería exactamente una película de ciencia-ficción, aunque es claro que parte de una situación y una historia solo imaginable en el futuro, como es la de un largo viaje espacial de 120 años, en el que los pasajeros han de ir en hibernación hasta unos meses antes de la llegada. Tampoco es una película especialmente interiorista, ni que profundice en los pensamientos o debates morales de los protagonistas, y sin embargo plantea un dilema moral de envergadura. En fin, no es propiamente una película romántica, pero hay desde luego una historia de amor, y sobre todo una reflexión sobre este concepto.


            Resulta un poco difícil profundizar en estos tres elementos sin destripar la película ni su final (o, como ahora dicen algunos, no sé muy bien por qué, sin “hacer spoiler”). Pero voy a intentarlo. Comenzando por el primero, este largometraje parte de la descrita situación de ciencia-ficción, y a partir de ella pone de relieve algunas cuestiones interesantes, aunque ya han sido tratadas en otras películas del género. Por un lado, que las máquinas tienen una nula capacidad de afrontar situaciones imprevistas o consideradas imposibles por quienes las programaron. No hace falta que las máquinas se rebelen, sino solamente que reaccionen tal y como prevé su programación, para que se conviertan más en un obstáculo que en una ayuda. Por lo demás, todavía en este terreno, las máquinas no son capaces de sentir, pero sí de imaginar lo que son los sentimientos humanos. Y probablemente por eso (esto es algo que yo pienso) tienen estereotipado -y un tanto sobrevalorado- el asunto de los sentimientos y las sensaciones humanas. La segunda cuestión que me ha interesado es la del dilema moral. Sin contar nada, me permito simplemente plantear la hipótesis de que la soledad extrema y permanente (que ninguna máquina puede aliviar) es en realidad un caso evidente de estado de necesidad, en el que puede ser lícito (o al menos disculpable) lo que habitualmente sería inmoral. Pero por encima de estos temas, va ganando protagonismo la cuestión del amor. Algo que de alguna manera buscamos con el fin egoísta de curar nuestra soledad, pero que puede convertirse en algo más importante que cualquier otra cosa que nos rodee. Por eso, cuando existe, pierde importancia la cuestión sobre de dónde venimos o adónde vamos, pues lo verdaderamente trascendente es dónde y con quién estamos. Y, aunque es verdad que, en muchas ocasiones, cuando creemos ser pilotos de nuestra vida nos damos cuenta de que somos solo pasajeros, también lo es que, si estamos bien acompañados, el propio trayecto, aun cuando no fuera el planeado, puede ser mejor que el mejor destino imaginado. No he contado nada más que lo que yo he pensado después de verla, así que –obvio es decirlo- les aconsejo que no se la pierdan.

(Fuente de la imagen: http://trilbee.com/reviews/passengers-2016-movie-review)